Un ángel al que extrañar

All I want for christmas...

Mi abuela Mercedes, quien sigue siendo mi ángel

 

Parece que el reloj a veces se mueve despacio, que sus agujas tardan casi una eternidad en avanzar, pero su ‘tic tac’ inexorable no se detiene y cuando quieres volver a mirar no sólo han avanzado segundos, minutos u horas, sino que han hecho avanzar los días, meses, y años hasta los once años que llevo extrañando a mi ángel de la guarda.

Once años hace que no puedo tocarte, acariciarte, besarte, hacerte de rabiar, olerte, sentirte… Aunque sé que sigues a mi lado, que guías mi camino, que me levantas los días en los que caigo y que nunca me dejaras sola. Pero sigues siendo un ángel al que extrañar. Y mucho.

Dicen que el tiempo, ese que transcurre inexorable, atempera el dolor, y es cierto porque -de lo contrario- nos volvería locos la misma intensidad de los primeros meses. Sin embargo, cuando se llevan de tu lado a un ángel, nunca dejaras de sentir su ausencia física.

A tu hija, mi madre, el monstruo de la desmemoria que la enfermedad trajo a nuestra familia, le impide saber cuánto tiempo hace que no estás a su lado. Ella que siempre era la que nos recordaba todas las efemérides, la que sabía cuando eran los cumpleaños, los santos los aniversarios… Ya no recuerda que te fuiste  un 14 de abril, el día de la República.

Pero, ¿sabes qué? Las mujeres de esta familia, las Prado, somos tan luchadoras como lo eras tú, porque tú nos lo enseñaste sin alardes pero con la contundencia de quien ha nacido para ser ejemplo, y aunque la enfermedad se empeñe en llevarse a bocados nuestros recuerdos, no puede llevarse nuestra memoria emocional. Ella también te echa de menos, pero también te siente.

Te fuiste casi en silencio, apenas haciendo ruido mientras nos cogíamos de la mano y me decías lo mucho que me querías. Hasta para eso fuiste buena, porque no sabes el consuelo que me ha supuesto siempre que, dentro de tu enfermedad, te despidieras de mi con aquel “cómo no te voy a querer si te conozco de toda la vida”.

Te echo tanto de menos… Ahora me estarías regañando por llorar y, aún en la distancia, me estás haciendo sonreír al mismo tiempo pensando en lo que me dirías… Te extraño muchísimo, pero es que es imposible no hacerlo cuando la vida te regala un ángel como tú, que sólo me ha enseñado cosas buenas, directamente y a través de su hija.

Eres una persona irrepetible, la mejor que he conocido en mi vida, y nadie pudo decir nada malo de ti en toda tu vida porque esa bondad se la transmitiste también a tu hija, que me quedo a mi como regalo en forma de madre, una madre a la que elegiría una y otra vez en caso de que se pudiera hacer.

¿Sabes? Le hablo mucho a mi hijo de ti, le enseño fotos y le explico como eras… Una de las cosas que más me duelen de que te llevaran antes de tiempo -como suele ocurrir con los ángeles- es que él no te haya conocido personalmente porque te habría adorado, era imposible no hacerlo con esa sonrisa siempre dulce y esos increíbles ojos azules cristalinos…

Me encantaría ahora mismo sentarme a tu lado, ver como coses, que me secaras las lágrimas con tu pañuelo de tela, escuchar como me repites las mismas cosas mientras te contesto “que sí, cansina”, acompañarte a un chino de esos que te encantaban a comprar algún objeto que al final no tendría utilidad, acariciar esas manos arrugadas y algo deformadas por el trabajo, la vida y la artrosis pero inmensamente suave y cálidas.

Firmaría por hacerte de rabiar hasta que me mandaras a hacer puñetas, por contarte cómo me trata la vida, por pedirte consejo sobre tantas cosas, por oler esa colonia de “Agua de vida” que desde que me cogiste por primera vez te encantaba porque las otras te mareaban, por sentir uno de tus abrazos…

Te echo tanto de menos y te necesito tanto aunque sienta que estás conmigo… Hablo muchas veces contigo, pero hoy necesitaría uno de esos abrazos que me dabas sin necesidad de decir nada…. Y sigo pensando que la vida no fue justa contigo

Te quiero abuela. Con toda mi alma.

 

PD: Para mí, esta siempre será una de nuestras canciones, de las últimas que escuchamos juntas. Además es una gran verdad que “Si pienso en tí / Siento que esta vida no es justa”

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Personas inefables

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A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con cientos, en algunas ocasiones miles, de personas aunque con muchas de ellas no intercambiaremos más de un hola, una mirada o una sonrisa. Y eso con suerte, porque a veces pasaremos casi rozándonos sin que uno, el otro o ninguno, sea consciente de que ha ocurrido.

Pero entre esas cientos, quizá miles, hay unas muy especiales que son muy difíciles de encontrar pero fáciles de identificar: son las inefables, las que es imposible de calificar porque sin absolutamente increíbles aunque no tengan conciencia de ello, lo que hace aún más atractivo su encanto.

Esos hombres y mujeres son los que yo querría para siempre en mi vida, aunque ya es complicado encontrar más de uno y conservarlos porque con ellas casi se podría hacer un catálogo de ‘especies’ en peligro de extinción. No obstante os garantizo que, como las meigas, haberlas haylas.

Igual que sin difíciles de hallar, son muy fáciles de reconocer, creedme. El primer efecto que producen en quien tiene la suerte de encontrarla es un incremento importante en el número de sonrisas de quienes están a su alrededor… Y lo mejor es que lo hacen sin darse cuenta, reparten felicidad inconscientemente y, si se lo dices, lo niegan.

Son personas que siempre están dispuestas a ayudar, y jamás le conceden importancia al hecho de hacerlo. Creen que todo el mundo lo merece y son incapaces de negarse, aunque a veces luego “refunfuñen”: pero siempre para si mismo, para el resto habrá una sonrisa. De hecho, si les preguntas si le caen mal a alguien, caerán en la cuenta de que no -puede haber alguna excepción porque insensibles con la belleza y lo bueno hay siempre-.

Son música para la vida, la inundan, la llenan y si no están parece que el silencio se adueña de gran parte del espacio, de las horas y de los lugares.

Son personas a las que es imposible no querer. Solo un corazón de piedra podría no hacerlo y creo que ni eso, porque logran lo imposible y conseguirían ablandarlo.

Amables, dulces, valientes, coherentes, cabales, listos, simpáticos, dialogantes, buenos, optimistas, responsables, cabales, energéticos, afables, atentos, encantadores….

Y, si os parece poco, aún son mil las virtudes más que les adornan: tienen sonrisas encantadoras, tan sinceros como ellas mismas son; su inteligencia, aunque de nuevo le resten méritos, es desbordante; casi tanto como su sentido del humor.

A todo eso se puede sumar su extraordinaria belleza en todos los casos porque, además de tener miradas cristalinas que hacen que no puedas dejar de mirar sus ojos, el alma que rebosan por cada poro de su piel les hace absolutamente irresistibles.

Cuando conoces a un inefable solo pides una cosa a Dios, los astros, el karma o la casualidad: que no te robe el milagro que ha puesto en tu vida porque es fácil acostumbrarse a que estén en tu vida, pero muy difícil hacerlo cuando se marchan porque el espacio que dejan no se puede volver a completar…

Por esto hay tan pocos inefables así es que, si alguno pasa por tu vida, intenta que permanezca el máximo tiempo posible en ella porque quizá luego se marche para seguir haciendo felices a otras personas. Y no podrás reclamar porque son tan escasos que la mayoría de las veces llegan a tu vida como un préstamo: solo disfrutar de lo que te hayan regalado.

Pero, por si acaso, cerrad los ojos y desead que se queden el máximo tiempo posible ya que te dan alas nuevas para volar. Yo ya lo he hecho porque quererles es jodidamente bonito…

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