No quiero curarme de la ‘Cervantina’

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Fotografías cedidas por Elena Rosa

Estoy pensando en qué forma puedo remitir una sugerencia, que debería convertirse casi en una orden, al Ministerio de Sanidad. Quiero explicarle que he descubierto en el teatro una ‘medicina’ para cuerpo y alma que podría ahorrar muchos costes a la Seguridad Social. Reconozco que se puede convertir en francamente adictivo, pero sus efectos primarios compensan a los secundarios que pudiera tener.

Y si os lo cuento, y así quiero solicitarlo al gobierno, es porque la he probado: elimina tensiones, dolores musculares, de cabeza, estimula la ironía, ayuda en la búsqueda de la libertad, acaba con frustraciones, potencia la inteligencia, elimina preocupaciones, no deja cabida al estrés, excita el deseo de lectura, es un eficaz antidepresivo y un mejor estimulante.

Ese sería el prospecto de la Cervantina, maravillosa epidemia descubierta por Ron Lalá, una epidemia que deseo fervientemente que se convierta en una pandemia sin cura alguna, porque entrar al teatro después de un largo día y salir cantando y con una sonrisa en los labios, no tiene precio.

Y eso es lo que consiguen los chicos de Ron Lalá -Juan Cañas, Iñigo Echevarría, Miguel Magdalena, Daniel Rovalher y Álvaro Tato, teniendo en cuenta que el orden de los nombres no altera el producto- en 90 minutos con la magistral dirección de un Yayo Cáceres que hilvana retazos de las obras de Cervantes hasta lograr una pieza única y cohesionada que demuestra que, aunque hayas visto varias obras de esta compañía y creas que la última era la mejor, siempre se pueden superar.

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Con su fina ironía, que a veces alcanza divertidas cotas de gamberrismo, su sátira y su humor inteligente, cercano y sencillo, en este montaje Ron Lalá se ‘burla’ de los fastos para conmemorar el 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes cuando pese a ser nuestro autor más universal sigue siendo una gran desconocida para  la sociedad, más allá de lo que aparece en la Wikipedia, como bromea la musa de “El manco de Lepanto” al inicio de la obra asegurando que ese será el precio por haberle inspirado un sinfín de obras magistrales.

Con los cinco actores en todo momento en el escenario -salvo en alguna ocasión en la que el teatro permite jugar con distintas entradas y salidas a las del escenario- en hora y media van sucediéndose sobre las tablas fragmentos -y a veces la pieza entera- de Don Quijote de la Mancha, El celoso extremeño (o El viejo Celoso, según el final que se elija) El coloquio de los perros, El hospital de los podridos, El licenciado Vidriera, El retablo de las maravillas, La Galatea, La gitanilla, Novelas Ejemplares (el prólogo), Rinconete y Cortadillo o Viaje del Parnaso, manteniendo en todo momento la atención del público -y sus aplausos- sin que se pierda en esa sucesión de textos bien ensamblados.

Y es que la maestría de Ron Lalá sobre las tablas, que llenan desde el primer instante logrando sumergir al espectador en el universo cervantino que crean, hace posible que el público haga un recorrido por un amplio espectro de sensaciones y sentimientos durante la función, llevándolo desde la carcajada a la emoción –magnífico ese monólogo de Preciosa a cargo de Daniel-, provocando no sólo lo que podría ser una risa fácil sino mil reflexiones, muchas de ellas como claro reflejo de la actualidad.

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Fantástica la música y las canciones -reconozco que estos chicos me enamoran con sus voces-, la iluminación de Miguel Ángel Camacho -idónea y en el momento justo-, la escenografía de Carolina González -¿qué decir cuando con una especie de recipiente de madera te llevan a ver perfectamente el Guadalquivir?- y el vestuario de Tatiana de Sarabia, además del magnífico sonido de Eduardo Gandulfo, se ponen al servicio de un espectáculo que provoca que el espectador salga con ganas de leer -o releer, según el caso- las fantásticas obras de Cervantes. Pero, mientras tanto, la versión de Ron Lalá es el mejor aperitivo.

En definitiva, si con En un lugar de El Quijote fue el mismísimo Alonso Quijano quien se fue de fiesta con Ron Lalá, con Cervantina es el propio Cervantes el que se suma a esa fiesta quizá para conmemorar el IV Centenario de su muerte, quizá para vengarse de una sociedad que no siempre lo pone en el lugar que merece contagiándonos de su “Cervantina”.

Sea como sea, espero que sus efectos duren y que durante mucho tiempo sigan pudiendo cantar los chicos de Ron Lalá eso de “no hay vacuna ni aspirina/ que cure la Cervantina” ante un público entregado y en pie que, mientras les brinda una sonora ovación, no deja de corear con ellos este pegadizo estribillo. Exactamente igual que el jueves ocurrió en el Teatro Quijano de Ciudad Real.

Por cierto, sí, yo soy ‘Ronlalera’, pero seguro que quien tenga ocasión de verlos, también lo será muy pronto. Engancha y, si no, ya me lo contáis. Os dejo con un aperitivo.

PD: No os desvelo más para que descubráis esta delicia teatral, pero mi sugerencia también se podría hacer extensiva al Ministerio de Educación, porque no veo mejor manera de despertar la curiosidad por un autor adelantado a su tiempo como Cervantes, el hombre que con El coloquio de los perros puso a dialogar a dos canes cuatro siglos antes de Disney o Pixar; que con el Retablo de las Maravillas hizo ver a un pueblo lo que no existía, cuatro siglos antes de que se celebraran campañas electorales; que con la pastora Marcela en El Quijote hizo el primer discurso feminista cuatro siglos antes de la Ley de Igualdad de Género; o que escribió Viaje del Parnaso cuatro siglos antes de que se inventara el LSD. 😉

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Acerca de Merche Camacho

Periodista y apasionada de la vida... Que sólo busca un pequeño espacio de reflexión y de fantasía en estos tiempos tan acelerados...

6 Respuestas a “No quiero curarme de la ‘Cervantina’

  1. Cristina Serrano Roncero

    Gracias por una recomendacion tan bien escrita! Les vimos en la presentación de la programación de los actos del año Cervantes y nos encantaron… Habrá que verlos en Almagro!

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  2. Disfruté de ellos con su obra En un lugar del Quijote, esta vez no he podido ir, pero me hubiera encantado. Muy buena tu crítica y como siempre Merche, inmejorable la redacción que haces, nos haces a los demás vivir tus sentimientos y nos llegas a “convencer” de la necesidad de verlos, con tu artículo. Un abrazo.

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  3. Maribel Rubio

    Yo también salí del teatro sonriendo, tarareando y pensando que si no tenía toooodos los libros de Cervantes, tendría que comprarlos inmediatamente. 90 minutos de sonrisas, risas, felicidad que duran al menos durante 15 días. Yo también me declaro Ronlalera y el que no lo sea, no sabe lo que se pierde. Magnífico artículo.

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