El hilo de la cometa

La cometa siempre necesitará un hilo fuerte que la aferre e impida que se la lleve el viento / M. Camacho

Hoy he vuelto a jugar con cometas, algo que no hacía desde que era pequeña y mi padre me ayudaba a dirigirla en la playa… 
Esa estampa perdida en mi memoria infantil me ha llevado a pensar en cómo todos admiramos la cometa, con sus colores brillantes, su forma elegante de volar y la altura que es capaz de alcanzar. Todos los ojos de niños, y no tan niños, tienden a posarse siempre en ella.

Pero, centrados en su vuelo, olvidamos su parte más fundamental, sin la que nada sería igual: el hilo que la sujeta, que es indispensable para que alce el vuelo y que la ancla evitando que se pierda entre los vaivenes caprichosos del viento.

Y, pensando en ese hilo invisible, discreto pero imprescindible, me he dado cuenta de que mi hilo eres tú mamá, porque tu me ayudaste a comenzar a alzar el vuelo hace muchos años y, desde entonces, me mantienes en el cielo, ayudándome de nuevo a alzar el vuelo cuando caigo, y no son pocas veces, pero siempre se hace más llevadero sabiendo que estás y estarás siempre ahi.

A veces, algunas corrientes más traicioneras, hacen que el hilo se afloje y todo se vuelve más difícil… Pero no te preocupes mamá porque juntas, hilo y cometa, sortearemos las turbulencias a las que la vida parece que se empeña en acercarnos últimamente. Tu, mi hilo, te volverás a tensar y juntas remontaremos el vuelo las veces que haga falta.

Juntas, hilo y cometa, volaremos remontando las turbulencias / M. Camacho

Te quiero mamá y, aunque parezca que solo las madres puedan estar orgullosas de los hijos, los hijos también lo estamos de las madres. Y yo estoy muy orgullosa mamá, orgullosa de que seas mi madre y de tener el privilegio de ser tu hija.

Dicen algunas leyendas que son los hijos quienes eligen a sus padres cuando solo son espiritus. Pues si hace 40 años os elegí a papá y a ti para caminar de vuestra mano por la vida, hoy lo volveria hacer con mayor convicción y certeza. Nunca habria soñado tener una madre mejor ni un hilo de cometa tan irrompible.
Te quiero mamá, los 365 dias de todos los años de mi vida.. ¡Feliz Dia de la Madre!

https://youtu.be/2cGFrXU5raY

Melancolía…

Sí, lo reconozco. Hoy estoy melancólica y necesitaba escribir. Aunque ni siquiera sé qué escribiré, pero seguro que me aliviará el alma como siempre que un papel en blanco -vale, en este caso una pantalla en blanco- se convierte en mi compañero de viaje.

Hoy tengo un día en el que la melancolía me invade y la culpa es de la cercanía de la Navidad. Reconozco que es un tiempo que siempre me ha gustado mucho, es una época que tanto mi madre como mi abuela siempre disfrutaban ilusionadas, fundamentalmente por los pequeños de la casa.

Y ahora ese relevo me llega a mi, la ilusión por mi pequeño inunda el hogar desde ayer -este año nos hemos retrasado en poner el árbol, generalmente lo ponemos en el puente de la Inmaculada-. Reconozco que ver su carita de inocencia, sus ojos llenos de luz, su sonrisa plagada de bondad me llena el alma y me hace más feliz que cualquier otra cosa en esta vida.

Puede sonar a tópico, pero en una vida como la que llevamos actualmente, en la que todo tiene que ser rápido y parece que estamos hipermegaocupados, aunque por desgracia no siempre en lo más importante, escuchar sus carcajadas me hace poner los pies en la tierra, ver las cosas más claras y hasta me ayuda a tomar decisiones.

Sin embargo en estos momentos, en los que está en el cole, yo ando solitaria, paso por delante del árbol y no puedo evitar recordar navidades pasadas. E imaginar cómo podrían haber sido las cosas si la enfermedad más maldita que conozco, el alzheimer, no se hubiera llevado a mi abuela.

Ella no llegó a conocer a mi hijo, pero sé que se habría sentido muy orgullosa de él, que lo habría disfrutado, que le habría dicho “pero deja de chaspar tanto, chaspante, que eres un chaspante” y hasta me habría dicho “¡es que me vuelve loca!”

Pero sobre todo sé que, llegadas estas fechas, andaría ya volviéndose loca para saber qué le iba a pedir el niño a los Reyes Magos, para que no la dejáramos a ella para la última. Habría puesto el pequeño árbol de Navidad sobre su nevera -pese a que ella dejó de poner cosas de Navidad desde que murió su hijo- y tendría ya polvorones y turrones de todos los tipos que te metería por los ojos en cuanto llegaras a su casa.

No tomaría las uvas porque a ella le traían años de “mala sombra”, compraría un roscón de reyes que no tendría sólo una sorpresa, sino diez o quince en forma de monedas cuidadosamente envueltas en papel albal -cambiarían las de 5 duros y veinte duros por euros- para que a todos sus biznietos les tocara más de una sorpresa y tuvieran para comprarse “chuches”.

Y cuando llegara la noche de reyes… Allí nos tendría a todos para que los niños le dejasen uno de sus zapatitos en los que los Reyes Magos les dejarían sus chuches; zapatitos que encontraríamos al día siguiente llenos a rebosar en un sofá lleno de juguetes. Miraría ilusionada mientras mi hijo abre los regalos y le diría, con la boca pequeña, “no me pises los cojines”.

Sé que tengo que darle gracias a la vida por haberme permitido disfrutar de ella, de su bondad, su amor, su ternura y hasta su “cansinez” que también echo de menos, como sus mil y una cosas buenas. Pero no puedo evitar pensar en la injusticia de que le robara sus recuerdos y me la arrebatara de mi lado antes de tiempo.

Cuando vuelva mi hijo del cole, cambiará mis lágrimas por alegría, le contaré cosas de su bisabuela Mercedes y mi corazón seguirá echándola de menos como si acabara de marcharse de mi lado. Y no sólo en Navidad, todos los días hay algún pensamiento o recuerdo de ella, porque su legado queda.

Mientras, ¡feliz Navidad a todos!

 

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