Sueños por Madrid…


Siempre me ha gustado perderme por las calles de esta ciudad. Reconozco que creo que no podría volver a vivir en ella pero también es verdad que cada cierto tiempo necesito sentir la vida que palpita dentro de ella.
Hoy es uno de esos días. Emprendo mi paseo sin prisas, como si tuviera todo el tiempo del mundo… Nadie me espera hasta media tarde y me dejo guiar por la voluntad de mis pies, que parecen tener vida propia al elegir callejuelas, mientras en mis cascos suena Marwan como precalentamiento del concierto de esta noche.

Pero mientras esa música, hoy entre melancólica y soñadora como yo misma me encuentro, me acompaña, me descubro a mi misma mirando a las personas que caminan deprisa a mi alrededor: unas me adelantan y otras van a contracorriente, pero todas parecen contagiadas de esa ‘prisa’ que parece que marcan las aceras de Madrid.

Miro hacia la parada de autobús por la que paso y veo como una joven, aguardando la llegada de su muro sonríe con la mirada perdida en su móvil mientras es incapaz de dejar de teclear. La imagino con sus poco más de 20 años ‘whatsapeando’ con el que cree que será el primer gran amor de su vida, sin ser consciente aún de los vericuetos por los que nos conduce la vida -a veces por propia decisión y otras porque no hay más margen de maniobra-. Pero quizá ella  lo consiga y quién le provoca esa sonrisa bobalicona sea definitivamente el amor de su vida.

Sigo caminando, mientras Marwan me recuerda algunas de las cosas que conviene saber en esta vida, cuando me topo con un estudio de arquitectura con grandes cristaleras oscuras que permiten mirar el mundo sin ser visto.

Imagino allí a ese arquitecto de mediana edad, con su vida consolidada mientras dibuja unos complicados planos aunque eso no sea lo que le apetezca en ese momento. Quizá preferiría estar en un café de aires parisinos escribiendo a quien, en el fondo, siempre recuerda con alguna excusa y que a su vez sabe que ella sigue pensando en él porque fue el único que logró acariciar su alma incluso en la distancia…

O quizá elegiría estar dibujando lo que de verdad le inspira, bocetos que nacen solos y rápido de sus manos como si su arte fuera el más sencillo del mundo…. Aunque también es posible que le gustara encontrar una nueva aventura que permitiera volar a su inquieta mente muy lejos a través de una pluma que maneja como muy pocos saben… 
Sea como sea, los cristales de ese gigante edificio no me permiten mirar sus ojos para saber lo que piensa o ni siquiera si quién me mira es él a mí pensando en una loca parada frente a su edificio y tratando de imaginar qué piensa o sueña…

Los brillos de los cristales, pese a que es un día plomizo, me hacen ser consciente de que debo seguir caminando porque en breve acabará el tiempo de paseo. 

Tras adelantarme una pareja de unos 60 años que debate sobre el mejor sofá que deben comprar para amueblar la nueva casa que se han comprado en el pueblo una vez que sus hijos han volado del ‘nido’, llama mi atencióm la decadencia de un viejo teatro -que seguro vivió tiempos más gloriosos- que no ha perdido un ápice de ese encanto que un día le hizo estar lleno de titiriteros, actores o cabareteras que hacían al público olvidar los problemas del día a día…

De repente, alguien me hace girar la mirada. Una mujer de edad indefinida, entre los 70 y 90 años, mira fijamente con sus ojos azules marcados con una inmensa raya de khol y plagados de nostalgia ese viejo teatro.

Con los labios rojos y excesiva en su maquillaje y en su forma de vestir, imagino cómo ella fue la joven estrella de ese escenario en sus tiempos, aquellos en los que cada noche se subía a las tablas para demostrar que los vecinos de su pequeño pueblo estaban equivocados, que ella si podía ser una estrella y que su magnífica voz y su escultural cuerpo llenaban aquel teatro cada día.

Un público mayoritariamente masculino al que hipnotizaba con sus sugerentes  movimientos de caderas mientras interpretaba aquellos temas de jazz en los que rasgaba su al a mientras las lentejuelas del amplio escote de su vestido hace que los hombres no puedan apartar los ojos de él al tiempo que su aterciopelada voz los hipnotiza.

Ahora, tantos años después y recordando la cantidad de flores y regalos que cada noche recibía tras la actuación en el camerino, piensa en la cantidad de pretendientes a los que rechazó pero, sobre todo, a aquel tímido joven que cada noche la acompañaba en silencio hasta aquella primera modesta, pero limpia, pensión donde se despedía con un casto beso y una mirada.

Nunca olvidará aquellos ojos azules y la tristeza que vio reflejada en ellos cuando le dijo que no se podía casar con él porque había trabajado mucho para llegar a ser la primera figura del cartel y su amor no era suficiente para dejarlo todo… 

¡Si ella hubiera sabido que el interés del público fue decreciendo proporcionalmente a sus cumpleaños y que se quedaría sola como ahora…!

Pero ya no es tiempo de lamentaciones ni de mirar atrás, tan solo se permitía volver de vez en cuando a aquel pequeño teatro para que el portero, casi con tantos años como ella, le regalara un poco el oído hablando de los días de gloria….

La bajada de la intensidad de la luz me recuerda que tengo que seguir mi camino, aunque esta vez quizá lo haga de nuevo a través de los sonidos del metro… Porque hoy si me espera alguien, mi hermana y mi mejor amiga. 

¡Dejaré los sueños a un lado por hoy para vivir las realidades con ella!

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Te presto mi memoria: El alzheimer no ganó

“Me siento rara. Es de noche pero despierto en un lugar que no reconozco. Miro a mi alrededor asustada pero no encuentro un punto de referencia que me indique donde me encuentro. Busco a mi marido o a mis hijos, pero estoy sola. Sola y perdida.

Llamo entonces a mi madre, que no responde. Trato de levantarme y cuando tropiezo con una silla que no sabía que estaba ahí, una luz se encience y aparece una mujer rubia cuya cara me suena pero no sé de qué. Entonces su voz dulce, que me resulta extrañamente familiar, me tranquiliza: “Mamá, no pasa nada, vuelve a la cama y duerme que aún es muy temprano”.

Me desconcierta porque mi hija es una pequeña niña rubia tirando a pelirrojilla, con unos ojos muy parecidos a los que ahora me miran con ternura, pero que apenas ha hecho la Primera Comunión. No, esa no puede ser mi hija. Pero siento de repente un profundo amor por ella y le hago caso: está oscuro, así es que volveré a dormir para mañana buscar a los míos”.

Lo que tú no sabías es que tras aquella noche no volvería un nuevo día de lucidez a una memoria que, poco a poco, se llenó de una espesa niebla que te impedía transitar por tus recuerdos, que eran solo tuyos y que nadie tenía derecho a borrar. Pero él llegó de repente, sin avisar, y se fue alimentando poco a poco de tus momentos vividos hasta que llegó un día en el que dejaste de preguntar por los tuyos.

Hubo algún momento difícil en todo el proceso, pero Alzheimer no consiguió cambiar la que había sido tu forma de ser toda la vida: tranquila, afable, cariñosa. Nunca dejaste de ser tú. Jamás.

Alzheimer

A partir de ese momento, todos los que te queremos nos convertimos en tu memoria, incluso cuando se te olvidaba lo que te gustaba y lo que no, en el instante en el que no recordabas dónde estaba tu casa o cuando confundías cómo vestirte. También en los momentos en los que no reconocías a alguien y nos mirabas con la pregunta en tus ojos o, incluso, aquellos días que no recordabas que tenías que comer o cenar.

Cada día te prestamos nuestra memoria como mil veces nos entregaste tu corazón, tus brazos o tus sonrisas.

Sin embargo, hay algo que el olvido no te pudo arrebatar: Tu amor por tu familia. Tus pequeños ojos azules, casi transparentes y de los más bonitos que he visto en mi vida, sonreían cuando nos veías. Daba igual que no supieras nuestro nombre o el grado de parentesco que nos unía, simplemente sabías que nos amabas, que éramos parte de ti.

El olvido se llevó el nombre de los seres a los que más quisiste y por los que luchaste tu vida pero juntas conseguimos ganarle: No contó con que iba a ser incapaz de arrebatarte de tu enorme corazón la memoria sentimental, esa que te permitía amarnos y saber cuánto nos querías sin necesidad de poner nombre a nuestro parentesco o saber como nos llamábamos.

Como me dijiste cuando te despediste -después de que la enfermedad sólo tuviera la decencia de dejarte algún recuerdo de juventud, de tus padres, tu marido fallecido o tus hijos pequeños- siempre sabías que me querías porque me conocías de toda la vida. Con eso me bastaba, no me podías haber dicho algo más bonito.

Han pasado nueve años desde que te marchaste a brillar al cielo pero quiero que sepas, abuela, que seguiré siendo tu memoria el resto de mi vida: mi hijo ya te conoce y sabe muchas cosas de ti porque no hay día que no te recuerde.

No dejaré que el olvido te arranque de mi vida. Siempre estarás conmigo y siempre te querré “porque yo a ti también te conozco desde siempre“.

 

PD: Todos los fondos recaudados con esta canción se destinarán a la Fundación Alzheimer España. Lo necesitan y lo merecen.

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